20.4.05

Qué bonita vecindad

Todo iba bien hasta ahora en mi vida independiente. Esta infame pega de descriptor de peluches me alcanza para cubrir mis gastos domésticos, y el generoso pituto incluso me permite ahorrar y darme uno que otro lujo (como ir amoblando mi ridículamente amplio hogar). La armonía duró hasta el sábado pasado. Esa mañana mientras disfrutaba del desayuno decidí abrir la puerta de la terraza para que entraran aire fresco y calorcito. Pero entró algo más: el 'Reggaetón'.


'Tu-cu-TUCÚ'. 'Tu-cu-TUCÚ'. 'Tu-cu-TUCÚ'. 'Tu-cu-TUCÚ'. 'Tu-cu-TUCÚ'. 'Tu-cu-TUCÚ'.

Durante todo el día el horroroso ritmo no paró de atacarme el tímpano: aparentemente mi púber vecina se compró un CD compilatorio de la melodía en cuestión y decidió que el resto del vecindario también debía disfrutarlo. El domingo amanecí con el mismo boche y abrumado me puse a gritar como un loco por la ventana "¡bajen esa maldita música por favor!". Nadie me hizo caso y así ya llevamos cinco días en la función. Cada vez que me asomo a la terraza está ahí el monótono 'Tu-cu-TUCÚ' (incluso hoy a las 7:45 AM cuando fui a sacudir las migas del mantel: ¿acaso no va al colegio ese pequeño Mozart?). Si en el infierno hay música ambiental, sin duda debe ser Reggaetón.

Lo peor es que no puedo ir a reclamar. Hace dos semanas Doña Griselda -bisabuela de la creatura- apareció en mi puerta y me invitó cordialmente a pasar a su casa para informarme que alguien había instalado una antena en su techo. Ante mi estupefacción, la veterana (que no debe tener menos de 85 años) trepó ágilmente por las planchas de zinc y recorrió unos cincuenta pasos hasta asomarse a la calle. Y a unos seis metros de altura me exhibió una oxidada majamama de fierros y cables que según ella 'algún delincuente' había colocado ahí con motivos ignotos. Yo ya me veía viniéndome guarda abajo junto con la venerable anciana y falleciendo de la forma más ridícula posible (titular de La Cuarta fijo).

Pero la muerte estaba mucho más cerca de lo que imaginé, pues de vuelta en su living la viejuja me advirtió que ella no volvería a tolerar que le colocaran nada en su propiedad: fue al dormitorio y desde el velador extrajo ¡un revólver! que con mano temblorosa exhibió caminando directo hacia mí: "con esto les voy a mostrar lo que es bueno", reveló emocionada. Mientras yo le rogaba aterrado que por favor tratara de apuntar a otra parte, Doña Griselda me relataba que un nieto suyo tenía "un auto nuevo porque es médico, y él le puede sacar la cresta a cualquiera". "Ajá", murmuraba yo, acobardado no precisamente por el doctorcillo. Por suerte desde una minúscula habitación que yo creía clóset apareció un sobrino sesentón que con una revista del Pato Donald en mano previno a la dama que mejor no sostuviera el pistolón de esa forma "porque las armas las carga el Diablo". Acto seguido me despedí y huí despavorido. Luchito El Peluquero -mi amable y nervioso vecino del otro lado- me confirmó luego que la escuálida dama era "de armas tomar" (tal cual) y que mejor sería no meterse mucho con ella porque tiene un genio endemoniado. Al día siguiente, mientras sacaba mi bicicleta, la vetusta pistolera estaba barriendo en la calle. La saludé con un sonoro y educado "Buenas tardes, Doña Griselda". "¿Y usted quién es, dónde vive, ah?", me espetó la muy desmemoriada.

O sea, si voy a protestar para que de una vez le bajen el volumen a la horrenda música tal vez termine saliendo dentro de un cajón.

Debo aclarar que toda esta historia es verídica, incluyendo el escabroso detalle del Pato Donald.

1 testimonios

Blogger Lorena Sáez declara...

Tienes dos opciones claras, o te cambias de vecindario o te compras un chaleto (o equipo completo) antibalas.

Jajaja, buen relato, no me quiro ni imaginar a la Sra. esa.

mar. feb. 07, 02:41:00 p. m.  

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