La Empresa Joven
Es verdad, trabajar en una Empresa Joven me brindó momentos inolvidables que siempre atesoraré. Por ejemplo, ver al Gerente General llegar en bermudas o a mi colega Abelardo lucir un coqueto traje de baño rojo en la oficina. Pude compartir las chácharas telefónicas de Caramelo, quien en cierta ocasión habló con su parentela por dos horas y media sin parar. También disfruté de la actitud distendida de Lenteja, quien cada mañana llegaba una hora atrasada excusándose religiosamente con un "perdón, se me pasó la micro". Era lo único que decía en todo el día.
Cómo no recordar esos tres días en que estuvimos sin e-mail porque un funcionario decidió escanear un libro entero y enviárselo a un amigo usando el correo de la empresa. O cuando el Jefe de Marketing adquirió un furgón por apenas seis millones de pesos para poder salir a las discotecas con su team de promotoras; un millón y medio costó el arreglo del cacharro apenas un mes después de la compra. Ahí mismo se disolvió el team: el negocio del año. Ah, y cómo olvidar la rotativa de secretarias joteadas hasta el acoso sexual por diversos contadores auditores.
Claro, este relajo laboral también tuvo sus inconvenientes. Los inviernos pasamos tanto frío que nosotros mismos debimos hacer una vaca para reparar la estufa y comprar un balón de gas. Gozamos de ricos asados dieciocheros, pero los choripanes luego fueron descontados por planilla. Nunca vi un aguinaldo ni de cinco lucas, ni una cajita navideña o un reajuste; un vale de almuerzo, un día administrativo o un beneficio médico; un basurero en el baño, jabón en el lavatorio ni un felpudo en la puerta. Vi sin embargo cómo a pesar de la perpetua crisis nos dábamos el lujo de pagarle a gurúes para que evacuaran informes consistentes en un par de perogrulladas nunca puestas en práctica. Jamás fui evaluado ni supe si mi trabajo era bueno, más o menos o una porquería. Cuando me equivoqué, fui reprendido a gritos y en público. Al echarme, mi jefe me ofreció cartas de recomendación como se hacía en los años ’50: "Felipito es muy puntual, limpio y nunca se ha robado nada".

Y pese al ‘espíritu joven’ nunca en mi vida había compartido menos con mis compañeros de trabajo. Pasaban días en los que nadie hablaba nada con nadie durante toda la jornada. El sistema de comunicación con otras áreas se reducía al gruñido. En Canal 2 no nos pagaban, pero lo pasaba tan bien y me reía tanto que el día se me pasaba volando. Acá las cinco horas se me hacían un calvario cotidiano.
Mi agonía laboral se acaba y no sé si seré retrógrado, pero a final de cuentas si esta es la Empresa Joven prefiero cien veces la Empresa Vieja.